martes, 12 de enero de 2010

La asombrosa ligereza de la Sostenibilidad

Se habla de sostenibilidad con una trivialidad pasmosa.
De tanto utilizarse, el término corre el riesgo de ser asumido como una simple etiqueta de moda. Como ya ocurrió con otras palabras. Ecológico, natural, y ahora sostenible, pueden quedar reducidos a un sufijo añadido a la denominación de los yogures, de los pañales desechables, o incluso a las urbanizaciones en suelo rústico. Sin otra trascendencia ni significado que el trasmitir una imagen más actual, moderna y vendible. Una especie de capa que intenta buscar una aceptación pública del producto, mientras pretende tapar lo que no es otra cosa que más de lo mismo.

Hay que reconocer que la cuestión no es sencilla. Pasar de la teoría a los hechos constituye un reto formidable, porque aunque nos vamos convenciendo que no podemos seguir con este modelo de desarrollo, y que el cambio climático, consecuencia del mismo, es una amenaza real y letal, los intereses económicos y la visión a corto plazo siguen imponiéndose con demasiada frecuencia. Cuando hace unos meses las economías occidentales caían en picado, el reconocimiento de los errores y abusos cometidos por el ultraliberalismo económico eran tema recurrente de debate. Pero nada más empezar a vislumbrarse el final del túnel parece que todos los propósitos de enmienda se van diluyendo con la misma velocidad que se frena la recesión. El fracaso de la Cumbre de Copenhague no hace sino confirmar, a nivel internacional, el largo camino que queda por recorrer. La defensa de los intereses inmediatos de cada país prevalece de manera aplastante frente a modelos de desarrollo alternativo, basados en planteamientos más solidarios y sostenibles que, hoy por hoy, siguen considerándose utópicos.

Lo mismo ocurre a menor escala. Inmersos en la crisis, cualquier iniciativa que genere contratación, aunque sea poca y temporal, corre el riesgo de recibir de inmediato las bendiciones de todas las instancias, sin mayores consideraciones sobre los costes de la misma, entre otros, el ambiental, que vuelve a ser mirado más bien como un estorbo al desarrollo, y revela claramente qué poco han calado, cuando las circunstancias son complicadas, las reflexiones en torno al cambio de modelo productivo o a un futuro en equilibrio con nuestro planeta.

El concepto de sostenibilidad tiene un alcance que pocas veces se abarca. Se tratar ni más ni menos que de acometer un drástico y profundo cambio en la manera de producir y de plantear el desarrollo económico, social, y político. De cambiar las relaciones entre estados ricos y estados pobres. De poner al mismo nivel la economía y la ecología cuando de planificar proyectos e intervenciones se trate. De pensar en las repercusiones futuras cuando se acometen actuaciones, y no solamente en la rentabilidad económica inmediata de las mismas. De introducir el coste ambiental como una variable al menos tan ponderada como las económicas o de rentabilidad política a la hora de diseñar y valorar acciones.

En Cantabria hemos elaborado la Estrategia contra el Cambio Climático que compromete a todas las administraciones regionales en la adopción de medidas concretas y presupuestadas. Y en este mes iniciamos un amplio proceso de participación pública que culminará, este año, con la aprobación por el Consejo de Gobierno de la Estrategia de Desarrollo Sostenible, que debe establecer las líneas maestras para ese cambio de modelo de desarrollo tantas veces pregonado y tan pocas concretado. No hemos permanecido parados, pero hasta ahora hemos hecho lo más fácil. Lo complicado es poner en práctica, mediante acciones viables y generadoras de riqueza, los postulados teóricos.
Para todo ello es fundamental contar con un amplio respaldo social. La necesidad de actuar contra el cambio climático, o de introducir reformas en nuestra forma de crecimiento va calando en la sociedad, que siempre va por delante de los políticos, y muchísimo más por delante de las administraciones. Ese convencimiento colectivo, esa fuerza social, es el que moverá las políticas y forzará las reformas necesarias para progresar de forma sostenible.

Más vale que los políticos nos apliquemos cuanto antes a tejer acuerdos entre nuestros partidos, y a trabajar un profundo consenso social si queremos trascender del simple markting y la retórica, y acometer proyectos que empiecen a transformar el tejido productivo y la presente realidad social. Por ahí puede iniciarse un buen camino para construir una región más sostenible.

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