
Los japoneses no tienen ni idea de lo que son las anchoas de Santoña. Ni les suena de nada los sobaos pasiegos. Tampoco reconocen el nombre de nuestro presidente. Incluso son incapaces de situar en el mapa de España a Cantabria infinita.
La segunda potencia económica del mundo y protagonista de una cultura milenaria tiene un impresionante Museo Nacional del Arte. Es el museo más antiguo y más grande de Japón. Está localizado en el Parque Ueno, en Tokio, y alberga una extensa colección de más de 110 mil objetos de valor arqueológico y artístico de varias eras de Japón y otros países. Y en aquel museo, en lugar destacado, marcando el inicio de lo que es un recorrido por la historia del arte de la humanidad, aparecen las pinturas de Altamira, como símbolo universal del despertar del Hombre a todo lo que es cultura.
Ocultas y protegidas en las cuevas de Altamira, las pinturas han resistido 15.000 años todo tipo de avatares geológicos y humanos, constituyendo un Patrimonio de la Humanidad asombroso. “Parecía que las rocas bramaban….. Mugían solos, barbados y terribles bajo una oscuridad de siglos.” escribió Alberti, impresionado después de contemplar los bisontes dibujados en la gruta.
En los últimos años, el trasiego de visitantes por el interior de las cuevas alteró el microclima de estas, elevando la temperatura, y haciendo proliferar bacterias y hongos que atacaron las pinturas, y pusieron en riesgo su conservación.
Las Cuevas de Altamira se cerraron definitivamente a las visitas 2002, en una decisión responsable que pretendió preservar para las generaciones futuras el tesoro legado por los primeros artistas habitantes de Cantabria.
Así estábamos cuando el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, a petición del Patronato de Altamira, realiza en este año 2010 un informe que concluye desaconsejando de manera rotunda que las cuevas se reabran, ni siquiera a pequeños grupos de visitantes, porque no podría garantizarse la supervivencia de las pinturas.
Y se organiza en la región el gran debate: Altamira debe abrirse al público sí, o sí. Opinan algunos que “cerradas a los visitantes ¿para que nos sirven?”, dando por hecho que todo aquello que no pueda ser explotado con carácter inmediato carece de valor. ¿Para que nos sirven las dunas de Liencres, si no se puede pisar su vegetación, ni utilizar su arena para argamasa? ¿Para qué nos sirve Oyambre, si no podemos urbanizar o levantar hoteles en sus terrenos?.
A la vista de la firmeza del Ministerio de Cultura, que apoyándose en los expertos del CSIC se resiste a que se pongan en riesgo las pinturas con la apertura de las cuevas, se somete a discusión pública una segunda opción: que puedan ser visitadas por un reducido número de personas. Un selecto club de elegidos, y el resto, hasta cinco al día, por orden de inscripción. El razonamiento es el siguiente: si las pinturas no tienen asegurada su conservación, “primero están los que viven ahora”, aunque nos las carguemos seguramente en menos de cien años. Damos por hecho que Obama será uno de los visitantes elegidos. El Papa, que a lo mejor genera algo más de polémica, podría ser otro. Y el resto ya se verá, según convenga. ¿A quién?. Los demás, cántabros de a pié, por riguroso orden de inscripción, y que a una media de cinco al día les llegaría el turno, a los últimos de los que ahora se apunten, en unos 274 años. Demasiado tiempo, porque incluso conservando tantísima paciencia y salud, entonces ya no habrá pinturas rupestres que admirar.
A esta vertiginosa altura habíamos llegado discutiendo la gestión sostenible de los recursos del patrimonio cántabro, cuando hace su aparición en escena la Cofradía Regional de la Adoración Perpetua para arrojar luz sobre el tema, y de paso, revelarnos su visión del concepto de Patrimonio de la Humanidad: como el “prao” es cántabro, y las cuevas y pinturas están en él, solo los cántabros podemos decidir que hacemos con ellas. Por tanto, que nos entregue inmediatamente el Ministerio de Cultura las competencias que aún tiene sobre Altamira, que aquí nos bastamos solos.
Confiemos que no proponga lo mismo el Ayuntamiento de Santillana, o la Junta Vecinal, porque a lo mejor resulta que el “prao“ es más suyo todavía.
Además de esta universal visión de Altamira, la Cofradía nos desvela las ocultas intenciones del Ministerio de Cultura: quieren hacer de las cuevas “un cortijo exclusivo del Estado”. ¡Acabáramos! Si con decir que son de Madrid y que nos tienen envidia lo hubiéramos entendido a la primera. ¡Que ya conocemos el contubernio que hay montado ahí fuera en contra nuestra!
Así que dado el panorama que se divisa desde Cantabria infinita, alivia comprobar que en España existen organismos como el CESIC, de incuestionable (fuera de Cantabria) rigor y prestigio. Y tranquiliza saber que al frente del Ministerio de Cultura se encuentra una política que impondrá la sensatez, basándose en la opinión de los expertos. Porque de no ser así, más valdría que empezáramos con urgentes rogativas a san Lucas, patrón de los artistas, o a san Antonio, protector de los animales, para que nos conserven los bisontes cantabros de Altamira. Por muchos años, amén.
